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La Réplica a Puigdemont: Cuando el Victimismo se Disfraza de Análisis Político

Desmontando la columna “La única salida que tiene el socialismo español es la ruptura”

Carles Puigdemont ha firmado en El País una columna con un título contundente: “La única salida que tiene el socialismo español es la ruptura”. El mensaje es claro: la Constitución ha caducado, la Transición es papel mojado y el PSOE sólo puede sobrevivir dinamitando el régimen del 78.

No es un análisis. Es una pieza de presión política con un barniz moral. Y conviene desmontarla, punto por punto.

El Truco de la “Ruptura Inevitable”

Puigdemont se presenta como notario de la historia: todo estaba escrito, el Estado respondió con represión, el lawfare se convirtió en norma y ahora el PSOE no tiene otra opción que romper con su propio pasado.

Ese planteamiento es tramposo por tres razones:

Primero, parte de un presupuesto falso: que el Estado actuó “por capricho” y no frente a un desafío explícito de desobediencia constitucional.

Segundo, borra la unilateralidad del procés. El Govern decidió situarse fuera de la legalidad estatutaria y constitucional, utilizar el Parlamento catalán como ariete y despreciar a la mitad de los catalanes que no compartían su proyecto.

Tercero, construye una falsa dicotomía: o ruptura o sumisión. Cualquier jurista mínimamente serio sabe que hay una tercera vía: cumplir la ley, reformarla si hay mayoría suficiente y respetar las reglas del juego mientras tanto.

Cuando alguien afirma que “la única salida” es la ruptura, normalmente lo que quiere decir es que “la única salida que le conviene a mi estrategia personal es la ruptura”.

Aquí no se está pensando en el futuro de España ni en el de Cataluña. Se está pensando en el futuro de Puigdemont y en la necesidad de justificarlo.

El Uso Inflacionario del “Lawfare

El concepto “lawfare” no es una palabra mágica para desautorizar cualquier actuación judicial que no nos guste. Requiere tres elementos: utilización deliberada del aparato judicial como arma política, ausencia de garantías y persecución selectiva del adversario.

En España hubo investigaciones, autos motivados, recursos, sentencias revisadas y control europeo. Gusten o no, esos procesos han pasado por filtros que en muchos países ni siquiera existen. ¿Hubo errores? Seguramente. ¿Hubo excesos? Algunos. ¿Hubo un plan coordinado de persecución política desde la cúpula del Estado? Eso ya no es crítica: es conspiración sin pruebas.

Acusar al conjunto del poder judicial de lawfare es extremadamente grave. Y hacerlo sin presentar un solo dato contundente es una falta de respeto al ciudadano que cree en la separación de poderes y también al juez que cumple su función con independencia, aunque se equivoque.

Quien proclama que la justicia está totalmente podrida, pero a la vez negocia una amnistía dentro de ese mismo sistema, no está defendiendo principios: está negociando impunidad.

La Amnistía Como Coartada Moral

Un dato que Puigdemont evita subrayar: la amnistía no es una conquista del pueblo catalán. Es el precio político que el Gobierno de Sánchez ha aceptado pagar para mantenerse en el poder.

Reducir ese intercambio a una “victoria democrática” es insultar la inteligencia del ciudadano. La amnistía no nace de un pacto constitucional amplio ni de una reforma cabal de las reglas del juego. Nace de siete votos necesarios y de una correlación de debilidades mutuas.

Que el PSOE esté dispuesto a alterar elementos nucleares de la arquitectura jurídico-penal para sostener una mayoría parlamentaria precaria dice mucho del PSOE. Pero no legitima el relato de Puigdemont.

La amnistía no convierte en inocente lo que fue objetivamente un ataque frontal a la legalidad. Sólo desactiva sus consecuencias penales por razones políticas coyunturales. Confundir eso con “reparación histórica” es retórica barata.

El PSOE Como Enemigo Útil

En la columna se construye un guion sencillo: el PSOE se alineó con el PP en 2017, compartió la lógica represiva y hoy se ve obligado a romper con ese pasado si quiere seguir existiendo.

Es una narrativa calculada. Puigdemont necesita que el PSOE rompa con su propia tradición constitucional para poder presentarse él como socio fundador de un nuevo régimen.

Pero esa ruptura no sería una “evolución democrática”, sino la liquidación práctica del consenso del 78 sin un proceso constituyente serio, sin reglas claras de participación y sin garantías para las minorías.

El gran problema del socialismo español no es que le falte “ruptura”. Es que ha decidido entregar la llave de la gobernabilidad a quienes viven del conflicto permanente. Ha cambiado el proyecto de país por el instinto de supervivencia.

Puigdemont no es la solución a esa crisis del PSOE. Es el síntoma más agudo de su debilidad.

El Independentismo Como Proyecto de Poder, No de Libertad

Desde una mirada libertaria, lo más inquietante no es el ataque al régimen del 78, sino lo que se ofrece a cambio.

Puigdemont denuncia un Estado opresor, centralista, incapaz de asumir la pluralidad. Pero su modelo de “república catalana” nunca ha sido un proyecto de ciudadanía libre, sino uno de homogeneización identitaria.

Cuando se habla de “pueblo catalán” como bloque monolítico, se está borrando al disidente interno: al catalán que se siente español, al que no quiere independencia, al que no comulga con la épica victimista del procés. Ese ciudadano desaparece del relato o se le coloca en la categoría de “colono mental del Estado”.

Estado grande contra Estado pequeño. Centralismo de Madrid contra centralismo de Barcelona. Más bandera, más aparato, más relato mítico. De libertad individual, poca.

Cambiar de bandera sin cambiar la relación del poder con el individuo no es emancipación: es simple rotación de élites.

La Reescritura Selectiva de 2017

En el texto, 2017 aparece como una secuencia casi mecánica: referéndum, reacción del Estado, represión, exilio, causa general.

Faltan muchos capítulos:

La utilización partidista de las instituciones catalanas, convertidas en maquinaria de agitación y propaganda. El desprecio sistemático de las advertencias del Tribunal Constitucional. La ruptura deliberada de las reglas parlamentarias en el Parlament. La presión social sobre los discrepantes, el señalamiento y la división de la sociedad en “buenos catalanes” y “malos catalanes”.

La historia que Puigdemont cuenta siempre empieza diez minutos antes de que el Estado reaccione. Nunca narra lo que él y su Govern hicieron durante años para llegar a ese choque calculado.

Cuando uno borra la mitad del relato, no está haciendo memoria: está haciendo mitología.

España, el PSOE y Lo Que Realmente Está en Juego

¿Tiene España problemas gravísimos? Sí. Un Estado hipertrofiado, un sistema autonómico desordenado, un aparato político adicto a la deuda y al clientelismo.

¿Ha cometido el PSOE errores muy serios? Sin duda. Se ha vaciado ideológicamente, ha renunciado a la defensa firme del marco constitucional y ha aceptado que la aritmética parlamentaria valga más que la estabilidad institucional.

Pero nada de eso convierte en verdad la tesis de Puigdemont. Al contrario: demuestra que su fuerza nace del deterioro del sistema, no de la solidez de su propuesta.

Lo que está en juego no es si el socialismo español “rompe” o no. Lo que está en juego es si España decide seguir siendo una comunidad política basada en ciudadanos iguales ante la ley o se trocea en feudos identitarios donde cada jefe local negocia su propio régimen de inmunidad.

El Último Refugio del Relato

Puigdemont necesita la ruptura porque sin ruptura no hay épica, y sin épica su figura se reduce a lo que es en términos fríos: un político que huyó de la justicia de su país y que hoy negocia su regreso sobre la base de su utilidad aritmética.

Por eso insiste en que el PSOE debe romper. Porque si el PSOE se mantiene, si el marco constitucional se reforma con cauces ordinarios, si España resuelve sus tensiones sin saltar por los aires, la figura de Puigdemont se desinfla.

La única salida que le queda al relato de Puigdemont no es la ruptura de España. Es la prolongación infinita del conflicto que le da sentido.

Y ahí es donde una sociedad adulta debe decir basta. Ni mitologías identitarias ni caudillos victimistas. Ley, libertad individual, límites al poder, responsabilidad política y memoria completa de los hechos.

Todo lo demás es ruido al servicio de una biografía.


¿Qué opinas de este análisis? ¿Crees que el debate territorial en España necesita menos épica y más pragmatismo? Déjame tu opinión en los comentarios.

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