Mi hermano –José Luis , sacerdote de vocación y un referente intelectual – no es un lector ocasional de Julián Marías. Es, literalmente, uno de sus discípulos más destacados. Ha dedicado tres tesis doctorales a la obra del filósofo español: una sobre la educación de los sentimientos (2005), otra sobre el amor en su antropología (2013), y una tercera sobre la felicidad, la vocación y la esperanza. Cuando conversamos –ya sea en la sobremesa familiar o en sus homilías, donde cita a Marías con la naturalidad de quien ha interiorizado un pensamiento– percibo que no está simplemente repitiendo ideas ajenas. Habla desde una convicción profunda, forjada en años de estudio riguroso sobre la dimensión afectiva y existencial de la vida humana según Marías.
Escucharlo hablar de cómo los sentimientos se educan, de cómo el amor hace del otro un proyecto vital, o de cómo la autenticidad y la esperanza nos sostienen ante la finitud, despertó en mí una curiosidad inevitable: ¿qué tiene que decir este filósofo que tanto ha marcado a mi hermano sobre el derecho, mi propio campo? ¿Cómo puede esa visión del ser humano –tan atenta a lo afectivo, a lo biográfico, a lo concreto– influir en la forma en que entendemos la justicia, las leyes y la sociedad?
La respuesta no estaba en los manuales jurídicos que consulto habitualmente. Estaba en adentrarse en el pensamiento de Julián Marías, en comprender por qué un hombre como mi hermano –formado en derecho canónico, dedicado al ministerio sacerdotal– encuentra en este filósofo las claves para pensar la persona, la verdad y la convivencia. Aquellas charlas con José Luis fueron el punto de partida de un viaje intelectual que hoy comparto: un ensayo sobre el enfoque jurídico-filosófico y sociopolítico de Julián Marías, pensado para juristas dominicanos y quienes buscan en la filosofía claves para repensar el derecho.
No pretendo la erudición de mi hermano –él es el especialista, yo apenas un aprendiz tardío–, pero sí aspiro a mostrar cómo el pensamiento mariano, tan profundamente humanista, ofrece respuestas a preguntas que todo jurista debería hacerse: ¿Para quién son las leyes? ¿Qué fundamenta los derechos? ¿Cómo construir una sociedad justa sin sacrificar la verdad ni la libertad? Si José Luis encontró en Marías un maestro para pensar el amor, los sentimientos y la felicidad, quizá nosotros podamos encontrar en él un maestro para pensar el derecho.
Un filósofo humanista en tiempos difíciles
Julián Marías Aguilera (1914-2005) fue discípulo de José Ortega y Gasset y una de las figuras intelectuales más destacadas de la España del siglo XX. Formado en la Escuela de Madrid, desarrolló una filosofía de corte humanista y personalista, marcada por la influencia orteguiana de la “razón vital” y por una profunda convicción cristiana. Su trayectoria intelectual estuvo marcada por la coherencia: sufrió marginación académica durante el franquismo –se le vetó el acceso a cátedras universitarias en los años 50– debido a sus ideas independientes, pero nunca abandonó España ni su compromiso con la verdad.
Esta experiencia biográfica es relevante para entender su filosofía jurídica. Marías conoció de primera mano lo que significa vivir bajo un régimen que restringe la libertad. Esa vivencia personal dotó de realismo a sus reflexiones posteriores sobre democracia, derechos y legitimidad del poder. No filosofaba desde la torre de marfil, sino desde la experiencia concreta de quien había padecido la ausencia de libertades.
Tras la dictadura, participó activamente en la transición democrática. Fue designado Senador en las Cortes Constituyentes de 1977, donde contribuyó a la redacción de la Constitución de 1978. Desde esa tribuna defendió sus convicciones: propuso eliminar el término “nacionalidades” del texto constitucional, advirtiendo sobre futuros separatismos, y apoyó una formulación del derecho a la vida que, según su interpretación, protegiera al no nacido. Estas posiciones –especialmente su oposición al aborto, que consideraba “lo más grave que ha ocurrido en nuestro tiempo”– revelan a un pensador de convicciones firmes, aunque también susceptible a la crítica de priorizar una visión particular de la moral sobre el pluralismo democrático.
Es importante señalar que Marías fue ante todo un filósofo, no un teórico del derecho en sentido estricto. No elaboró una teoría sistemática del derecho positivo ni del ordenamiento jurídico. Su contribución al pensamiento jurídico es indirecta pero valiosa: proviene de su antropología filosófica, de su visión sobre qué es el ser humano y cómo debe organizarse la convivencia social. Desde ahí, sus intuiciones iluminan problemas jurídicos fundamentales.
La persona como proyecto: fundamento antropológico del derecho
En el centro del pensamiento de Julián Marías está la persona. Siguiendo a Ortega, Marías entiende la vida humana como “realidad radical” –no algo abstracto, sino la vida concreta que cada quien vive. Sobre esta base desarrolla una idea potente: cada ser humano es un “proyecto” en marcha, un alguien único orientado hacia el futuro. La persona vive proyectándose, imaginando y eligiendo su camino. “En cada persona existe la presencia del futuro, de ahí el carácter esencialmente futurizo de la persona”, escribe Marías. Esta visión dinámica implica que la vida de cada individuo siempre está “por hacer”, abierta a posibilidades y exigencias.
Para un jurista, esta concepción tiene implicaciones profundas. Si la persona es esencialmente proyecto, entonces el derecho debe ser garante de las condiciones que permitan a cada quien desplegar ese proyecto vital. Los derechos humanos adquieren sentido como protección de la capacidad de autodeterminación, de elección, de construcción biográfica. No son meras declaraciones formales, sino exigencias que brotan de la estructura misma de la vida humana.
Marías enfatiza que los derechos solo tienen sentido en torno a la persona. El ser humano es radicalmente libre y social, y por tanto portador de derechos inalienables por el mero hecho de ser persona. No se trata de concesiones del Estado o construcciones jurídicas contingentes: los derechos existen porque existen personas concretas con proyecto de vida. Esta fundamentación antropológica –más que estrictamente jurídica– ofrece un terreno sólido frente a positivismos extremos que reducen los derechos a lo que el legislador reconoce.
Ahora bien, Marías subraya igualmente los deberes. En su pensamiento, derecho y deber son caras de la misma moneda moral. Una reflexión suya es ilustrativa: cuando se le preguntó por los “derechos de los animales”, respondió que “los animales no tienen derechos, [pero] tenemos deberes para con los animales, que es otra cosa bien distinta”. Añadía que también tenemos deberes hacia las cosas –preservar un cuadro, un edificio valioso– aunque obviamente ningún animal u objeto pueda ser titular de derechos.
Esta distinción merece análisis crítico. Marías defiende un humanismo antropocéntrico: solo las personas son sujetos de derechos, pero nuestra ética se extiende en responsabilidades hacia toda la creación. Desde la bioética contemporánea y el derecho ambiental actual, esta posición puede parecer insuficiente. El debate sobre derechos de la naturaleza, personalidad jurídica de ecosistemas o protección reforzada de grandes simios plantea preguntas que Marías no abordó –y que quizá su marco conceptual no puede resolver satisfactoriamente. Sin embargo, su intuición sobre la diferencia entre derechos (que implican agencia moral y capacidad de reclamar) y deberes (que asumimos unilateralmente) sigue siendo filosóficamente fértil.
Verdad, convivencia y el Estado de Derecho
Julián Marías fue un pensador profundamente moral, preocupado por el bien común, la verdad y la justicia en la vida pública. Para él, sin verdad no hay auténtico derecho ni convivencia justa. La mentira pública corrompe los cimientos de la sociedad. “La mentira debe producir el desprestigio, la descalificación inmediata e inapelable… Nada perjudica más la salud de una sociedad que la impunidad de la mentira”, advertía. Decir la verdad, proclamarla y “no transigir con la falsificación” era condición indispensable para la convivencia.
Este énfasis en la verdad conecta directamente con el ideal del Estado de Derecho. Solo una sociedad que se esfuerza por la veracidad puede aspirar a la concordia y al respeto mutuo, incluso entre quienes discrepan. Marías diferenciaba cuidadosamente concordia de mera unanimidad impuesta; sabía que el pluralismo es natural en lo humano, pero que la convivencia pacífica exige sinceridad y reconocimiento de la razón del otro.
Para República Dominicana –y para cualquier democracia contemporánea– esta reflexión resuena con especial fuerza. Vivimos tiempos de “posverdad”, donde la manipulación informativa, los relatos paralelos y la impunidad de la mentira política erosionan la confianza ciudadana en las instituciones. Marías nos recuerda algo elemental que hemos olvidado: la democracia no es solo procedimientos formales, sino una cultura de honestidad pública. Cuando jueces, legisladores, abogados o funcionarios toleramos la mentira –ya sea por conveniencia, clientelismo o fatiga– estamos minando el fundamento mismo del orden jurídico.
Su compromiso con la verdad lo llevó a criticar tanto dictaduras como fanatismos de cualquier signo, pues todos terminan retorciendo la realidad. Esta postura ecuánime es valiosa: Marías no era un ideólogo partidista sino un filósofo que buscaba la verdad más allá de trincheras políticas. Aunque sus convicciones personales eran conservadoras, su método filosófico aspiraba a la objetividad racional.
Justicia social: oportunidades vitales y libertad
En cuanto a la justicia social, Julián Marías aportó reflexiones originales. Para él, “la vida humana no es solo individual sino a la vez social y colectiva”, y por ello la justicia ha de mirarse en términos de oportunidades vitales para cada persona. “El nervio de la justicia social consiste en las posibilidades de la vida”: lo justo es que cada persona encuentre oportunidades para realizar su proyecto vital –educación, trabajo, participación–, mientras que lo verdaderamente injusto es cortar esas posibilidades.
De hecho, concluía rotundamente: “la suma injusticia social es la privación de la libertad”. Allí donde falta libertad, falta todo lo demás, porque sin libertad el ser humano no puede desplegar su vida ni ejercer sus derechos. Esta idea, nacida de su experiencia bajo el franquismo, explica su defensa apasionada de la democracia una vez restaurada.
Marías entendía la libertad no como un lema vacío sino como la base de la legitimidad del poder político. Tras la Edad Moderna, sostenía, “la única forma de legitimidad posible es la democracia” sustentada en la soberanía popular. Pero para que una democracia sea legítima de verdad, deben darse ciertas condiciones: libertad de expresión real, opinión pública informada y plural, respeto a la esfera privada y a los grupos intermedios. Si el poder democrático invade terrenos ajenos –imponiendo una ideología única o violando derechos fundamentales– pierde su legitimidad y degenera en opresión.
Estas reflexiones revelan a un Marías consciente de los límites del poder y defensor de un liberalismo humanista: el Estado al servicio de la persona, no al revés. Sin embargo, aquí también caben matices críticos. Su énfasis en la libertad como valor supremo puede llevar a subestimar las estructuras de injusticia económica que, sin quitar libertades formales, limitan severamente las “posibilidades de la vida” de los más vulnerables. Un obrero dominicano con salario mínimo insuficiente, sin acceso a salud ni educación de calidad, es formalmente “libre” pero materialmente impedido de realizar su proyecto vital. ¿Basta la libertad política sin redistribución económica? Marías conectaba su pensamiento con la Doctrina Social de la Iglesia –que sí habla de justicia distributiva– pero no desarrolló sistemáticamente este aspecto.
Legado y desafíos para el derecho contemporáneo
¿Qué puede aportar Julián Marías a juristas y ciudadanos del siglo XXI, especialmente en República Dominicana?
Primero, la primacía de la persona. Marías nos recuerda que detrás de toda norma jurídica hay personas concretas. Las leyes deben estar al servicio del desarrollo integral de la persona y su proyecto de vida. Esto cobra relevancia en debates actuales sobre derechos humanos, bioética o políticas sociales: el núcleo ha de ser siempre la dignidad humana, nunca estadísticas o ideologías abstractas. En un país donde el clientelismo político a menudo reduce a los ciudadanos a votos o beneficiarios, esta perspectiva personalista es un correctivo necesario.
Segundo, la ética de la verdad en lo público. Para quienes ejercen el derecho –jueces, abogados, fiscales, funcionarios– Marías enseña el valor de la honestidad radical. La confianza en la justicia se erosiona cuando prevalece la mentira o la opacidad. En República Dominicana, donde la corrupción estructural y la impunidad son desafíos persistentes, esta máxima –“Nada perjudica más la salud de una sociedad que la impunidad de la mentira”– debería resonar en cada tribunal y cada parlamento. No basta con leyes anticorrupción; necesitamos una cultura jurídica que haga de la veracidad un principio no negociable.
Tercero, justicia social sin sacrificar libertad. Marías conjugó la búsqueda de equidad con la defensa de la libertad. Para un jurista dominicano, esto sugiere que las políticas legales deben ampliar las oportunidades de los más vulnerables sin sacrificar las libertades fundamentales. En el debate nacional sobre reforma fiscal, programas sociales o derechos laborales, esta tensión aparece constantemente: ¿cómo redistribuir sin ahogar la iniciativa privada? ¿Cómo proteger sin crear dependencia? La respuesta mariana sería: maximizar las posibilidades vitales de todos, pero siempre desde el respeto a la libertad y la dignidad personal.
Cuarto, convivencia en la diversidad. Marías nos lega un aprecio por la pluralidad dentro de una unidad superior. Defendió la “prodigiosa variedad de España” con sus regiones y herencia hispánica, pero siempre dentro de una cohesión que permitiera la concordia. Para República Dominicana, con su mestizaje cultural, tensiones migratorias y desafíos de integración social, esta actitud puede ser fecunda: no uniformar por la fuerza, sino vivir juntos en aceptación de las diferencias, con la verdad y la justicia como guías. El debate sobre la situación de los dominicanos de ascendencia haitiana o las políticas migratorias se beneficiaría de esta perspectiva: reconocer la diversidad sin fragmentar la comunidad política.
Reflexión final
Aquel interés que despertó mi hermano José Luis al compartir su pasión por Julián Marías se vio plenamente recompensado. Descubrí a un filósofo que une profundidad metafísica con sentido práctico aplicable a la vida jurídica y política. Marías nos invita a pensar el derecho desde el ser humano concreto, con sus esperanzas y fragilidades, y a no perder de vista jamás que las leyes son para las personas, no las personas para las leyes.
Como todo pensador, Marías tiene límites. Su antropología quizá no responde satisfactoriamente a desafíos contemporáneos como los derechos de la naturaleza o la justicia económica global. Su conservadurismo moral puede parecer anacrónico en sociedades pluralistas. No elaboró una teoría completa del derecho positivo. Pero estas limitaciones no invalidan sus intuiciones centrales: la persona como proyecto, la verdad como fundamento de la convivencia, la libertad como condición de la justicia.
En tiempos complejos, donde el derecho a menudo se reduce a tecnicismo o se instrumentaliza ideológicamente, la voz de Julián Marías sigue ofreciendo un faro: verdad, libertad y justicia social no son consignas vacías, sino exigencias que brotan de la estructura misma de la vida humana. Para quienes –como mi hermano y yo– creemos en un derecho humanizado, al servicio del bien común y de la dignidad inviolable de cada persona, Marías sigue siendo un interlocutor valioso.
Como él mismo dijera: “me preocupa la verdad, me interesa la claridad, creo que el confundir las cosas es enormemente peligroso”. En ese espíritu, este ensayo ha intentado claridad y honestidad intelectual. Que cada lector juzgue si lo logré.
Nota sobre fuentes: Este ensayo se basa en la obra de Julián Marías, particularmente La persona humana, La justicia social y otras justicias, y sus intervenciones parlamentarias. Para un análisis académico más completo, consultar: Pérez Duarte, Javier. La persona como proyecto: los derechos humanos en Julián Marías (Bilbao: Universidad de Deusto, 2010); Rojo Sanz, José M. “Justicia y Derecho en Julián Marías”, Persona y Derecho 26 (1992): 329-357; García del Portillo, Lourdes. “La filosofía de Julián Marías como método para pensar la justicia social”, SCIO 16 (2019): 83-113. Las tesis doctorales de José Luis Sánchez García sobre Julián Marías constituyen referencias fundamentales para quien desee profundizar en la dimensión antropológica y afectiva del pensamiento mariano.


