o por qué el derecho existe para que no haga falta ser valiente.
Jesús Sánchez-Reolid García · Viernes Santo, 2026.
Hoy se lee la Pasión. Y en ella, como cada año, pasa inadvertido lo esencial: no es un relato de fe. Es el primer expediente judicial de la historia. Y contiene, en tres personajes, el mapa completo de por qué la justicia fracasa.
No son tres fallos independientes. Son un sistema. Un ecosistema. Porque la corrupción necesita impunidad, la impunidad necesita pasividad institucional, y la pasividad institucional necesita silencio. El silencio de los que miran. El silencio de los que saben. El silencio que no es punible pero sin el cual nada de lo demás sería posible.
Todo empieza en Pedro. Todo termina en Pedro.
Judas, o la corrupción
«¿Qué me daréis si os lo entrego?»
Esa pregunta se repite cada día en tribunales, en despachos administrativos, en licitaciones públicas. La formulan en voz baja, con eufemismos, con intermediarios. Pero es siempre la misma: ¿cuánto vale traicionar lo que debería ser intocable?
Judas no traiciona a un hombre. Mercantiliza la lealtad institucional. El juez corrupto no vende una sentencia: vende la confianza de un pueblo entero en que existe algo llamado justicia. Treinta monedas de plata. Eso costó entonces. Hoy cuesta más. O menos. Depende del país, del tribunal y de lo cómoda que sea la impunidad.
La corrupción no es un defecto del sistema. Es su cáncer. Y cuando se detecta, suele ser porque ya ha hecho metástasis.
Pero Judas, solo, no puede operar. Necesita un Pilato que mire hacia otro lado. Y un Pedro que calle.
Pilato, o la denegación de justicia
«No encuentro culpa en él.»
Pilato sabe. Tiene la potestas. Tiene la convicción. Y no hace nada.
Hay algo peor que un juez corrupto: un juez cobarde. El corrupto al menos tiene un precio; el cobarde ni siquiera necesita que le paguen para abandonar al inocente. Le basta el miedo. Le basta el cálculo político de que proteger al débil tiene un costo que no está dispuesto a asumir.
El gesto de lavarse las manos es la imagen más precisa de lo que en derecho procesal llamamos vulneración de la tutela judicial efectiva. Pilato no niega que el reo sea inocente. Lo reconoce expresamente. Y luego se desentiende. El sistema funciona formalmente —hay jurisdicción, hay competencia, hay valoración de la prueba, hay convicción del juzgador— pero la tutela no llega. El derecho se pronuncia, pero no protege. La sentencia existe, pero no se ejecuta.
«Inocente soy de la sangre de este justo.» La frase más cargada de ironía involuntaria que jamás se haya pronunciado en un estrado. Porque la inocencia de Pilato es exactamente su culpa.
En América Latina, Pilato no es una excepción. Es una categoría. Hay sentencias que nacen ejecutoriadas y mueren sin ejecutarse. Hay derechos fundamentales reconocidos en la Constitución que jamás han descendido a la realidad de un ciudadano concreto. El garantismo vacío: normas impecables, ejecución inexistente. Responsabilidad patrimonial del Estado por funcionamiento anormal de la Administración de Justicia que nadie reclama porque reclamarla exige, otra vez, un acto de coraje.
Pero Pilato tampoco opera solo. Se lava las manos porque sabe que nadie le pedirá cuentas. Porque los Pedros callan.
Pedro, o el silencio que lo sostiene todo
«No conozco a ese hombre.»
Pedro es el personaje más perturbador. Porque Pedro no es el sistema. Pedro somos nosotros.
Quería ser valiente. Lo prometió. «Aunque tenga que morir contigo, jamás te negaré.» Lo dijo en serio. Y cuando llegó el momento, falló. Tres veces. No por maldad, no por precio, no por cálculo político. Por miedo.
Pedro es el testigo que no declara. El abogado que sabe que hay una injusticia y decide que no es su problema. El colegiado que ve cómo un compañero viola la ética profesional y calla porque denunciarlo tiene consecuencias. El ciudadano que contempla la arbitrariedad administrativa y calcula que enfrentarla le costaría más que soportarla.
Y aquí está la trampa jurídica: Pedro no es culpable en sentido estricto. No ha prevaricado. No ha cohechado. No ha denegado justicia. Ha callado. Y el silencio, en la mayoría de los ordenamientos, no es punible.
Pero es el silencio de Pedro el que hace posible todo lo demás. Sin los Pedros, los Judas no tendrían mercado y los Pilatos no tendrían coartada. La cobardía colectiva no es la causa de la corrupción ni de la denegación de justicia. Es su condición de posibilidad. Su oxígeno. Su garantía de continuidad.
Por eso Pedro es el núcleo de este artículo. Porque contra Judas caben tipos penales. Contra Pilato cabe la responsabilidad del Estado. Pero contra Pedro no cabe norma. Contra Pedro solo cabe cultura. Y la cultura jurídica de un país se mide, precisamente, por la cantidad de Pedros que produce.
El canto del gallo
El relato culmina con un detalle que la tradición literaria anterior consideraba irrelevante: un hombre corriente llora. Un pescador. No un rey, no un guerrero. Un tipo común que se avergüenza porque no estuvo a la altura.
Aristóteles había reservado la tragedia para los nobles y la comedia para el vulgo. Que el narrador del Evangelio dirija su mirada compasiva hacia Pedro —hacia el hombre común que fracasa— rompe una jerarquía milenaria del sufrimiento.
El derecho moderno nació de esa misma ruptura. La gran conquista del constitucionalismo no es haber creado tribunales, sino haber establecido que la dignidad del último ciudadano merece la misma protección que la del más poderoso. Que el pescador tiene derecho a la tutela judicial efectiva. Que su dolor no es comedia.
Pero esa conquista se queda en el papel si el sistema depende del heroísmo para funcionar. Si denunciar una injusticia requiere coraje, si defender al débil exige arriesgarlo todo, si alzar la voz tiene un costo que nadie debería pagar, entonces el sistema ha confesado su fracaso.
La aspiración última del derecho no es producir héroes. Es hacerlos innecesarios.
Un ordenamiento que solo entrega justicia cuando alguien se atreve a ser excepcional no merece llamarse Estado de Derecho. La justicia no puede ser un acto de heroísmo. Tiene que ser un resultado del sistema. Tiene que ser procesable: capaz de convertirse en protección real para personas reales. No basta con que la norma exista. Tiene que funcionar. Tiene que llegar.
El sistema en Viernes Santo
Hoy es Viernes Santo. Hoy los tribunales están cerrados. Pero las tres patologías siguen operando. Porque no necesitan audiencias para funcionar. Les basta el silencio.
Mientras la justicia dependa de la valentía individual y no de la solidez institucional, seguiremos teniendo Judas que venden, Pilatos que firman sentencias que nadie ejecuta y Pedros que lloran a solas después de haber callado cuando debían hablar.
Y el gallo seguirá cantando cada mañana.
El expediente sigue abierto. Y nadie quiere firmar la sentencia.


