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España no debe pedir perdón por ser quien es

No entiendo —ni aceptaré jamás— que tengamos que pedir disculpas por la historia que nos dio forma. Y menos aún, que un ministro español se incline ante un pasado que, aunque tenga sombras, también forjó la lengua, la cultura y la identidad de millones de personas. A mí ese ministro no me representa. Y sospecho que a muchos españoles tampoco.

El señor Albares podrá hablar en nombre del Gobierno, pero no en nombre de España. Porque lo que ocurrió hace cinco siglos no puede juzgarse con la sensibilidad de hoy, ni con los códigos morales ni jurídicos del presente. La conquista de América no fue una cruzada de santos ni un desfile de bárbaros: fue el nacimiento del mundo hispano, con sus luces y sus heridas. De ese encuentro —no de esa culpa— surgió todo lo que hoy somos.

1. No hay culpa jurídica en lo que pertenece a la historia

El Derecho Internacional no reconoce responsabilidad estatal retroactiva. El Estado español moderno no existía en el siglo XVI. No había Constitución, ni ciudadanía, ni instituciones como las entendemos hoy. España no puede asumir la “culpa” de un imperio que se regía por normas teocráticas, ni México puede proclamarse víctima jurídica de hechos ocurridos tres siglos antes de su independencia.

El argumento jurídico es sencillo: no puede haber reparación sin sujeto ni víctima identificable. Y los actuales mexicanos —mestizos por definición— son tanto herederos de los conquistados como de los conquistadores. Pedir perdón sería tanto como exigirle a un nieto que se disculpe ante sí mismo por algo que hicieron sus bisabuelos.

2. México también nació de esa conquista

Se olvida que Cortés no invadió una nación unida. Lo que encontró fue un conjunto de pueblos enfrentados entre sí. Los tlaxcaltecas, totonacas y otros pueblos indígenas se aliaron voluntariamente con los españoles para derrotar al dominio azteca, una civilización que practicaba la esclavitud y el sacrificio humano.

De esa fusión nació el México moderno. Los mexicanos de hoy hablan español, viven bajo un sistema jurídico de raíz castellana y celebran tradiciones que nacieron del catolicismo. No son herederos de los vencidos: son hijos de ambos. Por eso resulta incoherente que quienes son fruto de esa historia se presenten ahora como víctimas de ella.

3. El doble rasero del arrepentimiento

El perdón histórico se ha convertido en una herramienta política. No busca justicia, sino aplausos. Si aplicáramos la misma lógica, México tendría que pedir disculpas a sus propios pueblos indígenas por siglos de exclusión, pobreza y marginación.

El Estado mexicano nunca ha pedido perdón por el genocidio de los mayas y yaquis en el siglo XIX, ni por la Guerra de Castas de Yucatán, que costó decenas de miles de vidas indígenas. Tampoco por las políticas asimilacionistas que durante décadas negaron la identidad y las lenguas originarias. Es fácil señalar el pecado ajeno cuando no se ha hecho examen propio.

4. Reconocer no es arrodillarse

Reconocer la historia, con sus claroscuros, no implica pedir perdón. Implica entenderla. Y entenderla exige dignidad, no servilismo. España puede mirar su pasado con serenidad, sabiendo que llevó al otro lado del mundo una lengua, un sistema jurídico y una cultura que hoy son parte del alma de América.

No debemos disculparnos por existir ni por haber dejado huella. La historia no se reescribe desde la culpa, sino desde la conciencia. Lo que necesitamos no son ministros que se disculpen por el país que representan, sino estadistas que lo defiendan con respeto y orgullo.

Porque sí, hubo dolor. Pero también hubo creación. Y esa creación —la del mundo hispano— sigue viva, pese a quienes se avergüenzan de ella.

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