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El arte como derecho: alimento del espíritu en sociedades que solo piensan en el pan.

Paul Auster lo dijo con la crudeza de quien no se engaña: “El arte no va a transformar de inmediato la sociedad. Ni va a evitar que los niños sufran hambre. En ese sentido, es inútil”. La frase corta como un bisturí. Sí, el arte no llena estómagos. Pero ¿acaso la vida humana puede reducirse a estómagos llenos?

Lo esencial de su reflexión es que el arte opera en otra dimensión: la de la búsqueda de sentido. Abre mentes y corazones, conecta a los hombres entre sí, da sentido al tiempo y a la existencia. Sin arte, la vida se empobrece, se vuelve puramente funcional. Con arte, incluso en medio de la adversidad, hay dignidad, memoria y posibilidad de trascendencia.

El derecho amputado

El derecho, cuando se aparta de su vocación más alta, se reduce a mera técnica para administrar conflictos o imponer orden. Pero lo verdaderamente humano no se agota en lo material. El derecho que olvida la dimensión cultural del ser humano es un derecho incompleto.

Las constituciones lo saben. La española reconoce en su artículo 44 el derecho de acceso a la cultura; la colombiana, en su artículo 70, proclama que “el Estado tiene el deber de promover y fomentar el acceso a la cultura de todos los colombianos”. La dominicana habla del “derecho a participar en la vida cultural”. Pero esos reconocimientos, la mayoría de las veces, son letra muerta. Quedan en el papel mientras los presupuestos culturales se evaporan y el arte se vuelve privilegio de minorías.

El derecho debe proteger la cultura no como adorno constitucional, sino como exigencia de dignidad. Porque una sociedad que se proclama libre y justa pero abandona su cultura renuncia a parte de lo que nos hace humanos.

El falso dilema

El discurso político suele plantear la dicotomía: primero resolvamos lo material, luego vendrá lo cultural. Es un error. El ser humano necesita pan, pero también necesita belleza, palabra, imaginación. Sin pan morimos físicamente; sin arte, nuestra existencia se reduce a mera supervivencia. El hambre corporal es una tragedia visible; la privación cultural empobrece generaciones enteras sin que siempre seamos conscientes de ello.

Pero rechazar ese falso dilema no implica crear otro. No se trata de idealizar el arte como panacea ni de afirmar que una sociedad sin museos está “espiritualmente muerta” mientras otra con instituciones culturales rebosa de vida. La realidad es más compleja. Una persona puede vivir rodeada de cultura y sentirse vacía; otra puede encontrar sentido en tradiciones orales, músicas populares o formas de expresión que el canon culto ni siquiera reconoce como arte.

El arte como resistencia (y como privilegio)

El arte es peligroso para los poderes que solo buscan obediencia porque conecta, despierta, incomoda. Un poema puede no alimentar a un niño, pero puede encender la conciencia de quienes se resignaban a mirar a otro lado.

Sin embargo, aquí aparece una pregunta incómoda: ¿quién tiene acceso a ese arte? Si hablamos del arte como derecho, debemos preguntarnos si realmente es universal o si sigue siendo patrimonio de élites urbanas y educadas. Defender la cultura sin cuestionar sus barreras —de clase, educación, geografía— es defender un privilegio, no un derecho.

La función política del arte no está solo en su capacidad de subvertir, sino en su democratización. El arte que no llega a todos no es un derecho: es un adorno de las élites.

El deber de protegerlo (sin idealizarlo)

Defender el arte es un deber jurídico y político. La libertad de creación, la protección de la cultura y la garantía de acceso a ella son parte de la dignidad humana. El Estado que persigue, censura o margina el arte está cercenando posibilidades vitales de su pueblo.

Pero seamos claros: el arte no es un antídoto mágico contra la barbarie. La historia está llena de sociedades cultas que cometieron atrocidades, de tiranos melómanos, de genocidas que amaban la poesía. El arte no nos hace automáticamente mejores. Nos hace más complejos, más capaces de imaginar otros mundos, más conscientes de nuestra propia humanidad. Eso es mucho, pero no es todo.

La única salida

Un pueblo con pan pero sin poesía es un pueblo domesticado. Un pueblo con poesía pero sin pan es un pueblo agónico. La dignidad exige las dos cosas. Y el derecho, si quiere ser humano, no puede elegir entre cuerpo o espíritu.​​​​​​​​​​​​​​​​

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