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Cuando el relato perdona: moral política y doble rasero

Por Jesús Reolid.

Una de las características más inquietantes de la vida pública española es la asimetría moral con la que se juzgan los errores de los políticos, dependiendo de su orientación ideológica. No hablamos de una diferencia accidental ni de casos aislados. Hablamos de un patrón reiterado: la indulgencia hacia ciertos actores y la severidad hacia otros, no en función de lo que hacen, sino de lo que representan.

Este fenómeno no es nuevo. Pero en tiempos de polarización emocional y sobreinformación, la justicia moral se ha sustituido por la fe ideológica, y el relato ha usurpado el lugar de la verdad.

¿Quién comete errores y quién los expía?

Cuando un político conservador incurre en una falta, se le exige una respuesta inmediata: dimisión, disculpas, retirada. El debate público gira en torno a su falta de ejemplaridad. Sin embargo, si el protagonista pertenece al espectro progresista, la narrativa suele mutar: el foco no está en la acción, sino en las motivaciones; no en la sanción, sino en la justificación.

¿A qué se debe esta desigualdad? La raíz no está en la gravedad del hecho, sino en la carga simbólica del actor. Un político de izquierdas representa, para muchos, una causa de redención colectiva: lucha contra la desigualdad, defensa de derechos, combate al privilegio. Por tanto, su error es percibido como humano, excusable, casi necesario. En cambio, quien defiende un ideario liberal o conservador es tratado como sospechoso por defecto, y cualquier fallo refuerza el estereotipo negativo que se proyecta sobre él.

El relato como escudo y como condena

Esta diferencia no es solo política, es cultural. Como explicó Thomas E. Patterson, profesor de Harvard, en su estudio Out of Order, los medios tienden a simpatizar más con los discursos progresistas, no por conspiración, sino por afinidad generacional, formativa y cultural. En su análisis del sistema mediático estadounidense —extrapolable en parte a Europa—, constató que la cobertura de los errores políticos no se determina por la objetividad del hecho, sino por la posición simbólica del sujeto que lo comete.

Y esto se agrava en un entorno donde el relato emocional ha sustituido al análisis riguroso. Un error, narrado como sacrificio por una causa, se blanquea. El mismo error, narrado como fruto de la codicia o el cinismo, se demoniza. La responsabilidad no se mide por el acto cometido, sino por el guión ideológico al que sirve.

La psicología moral también influye

Desde la psicología social, Jonathan Haidt demostró en The Righteous Mind (2012) que liberales y conservadores parten de marcos morales distintos. Los primeros se guían casi exclusivamente por los valores de cuidado y justicia, mientras que los segundos incluyen además los de lealtad, autoridad y pureza. Esta diferencia explica por qué:

El votante de izquierda tiende a perdonar más si cree que el político actuó por una causa justa. El votante de derecha castiga más si percibe incoherencia entre los valores declarados y la conducta real.

Esta tesis fue respaldada por el estudio empírico de Graham, Nosek y Haidt (2009), que mostró que los conservadores utilizan una paleta moral más amplia y son más severos cuando alguien de su propio grupo traiciona esos principios. La izquierda, en cambio, tiende a priorizar la intención percibida por encima del resultado real.

El riesgo de medir con dos varas

Esta asimetría, aunque comprensible desde la teoría del encuadre y la identidad grupal, tiene efectos corrosivos para la salud democrática:

Devalúa el principio de igualdad ante la ley moral. Refuerza el cinismo y la desconfianza de una parte creciente de la ciudadanía. Genera impunidad selectiva. Convierte la política en un ejercicio de manipulación emocional, no de rendición de cuentas.

Como señalan Feinberg y Willer (2013), nuestras posiciones no se basan tanto en principios abstractos como en relatos que validan a nuestro grupo. Por eso el mismo hecho puede generar indignación o comprensión según quién lo protagonice. Pero cuando ese sesgo se institucionaliza —en medios, partidos o ciudadanía—, deja de ser humano para convertirse en estructural.

¿Qué queda entonces?

En un país que se pretende moderno y plural, no puede haber pecados justificables en función de la bandera ideológica. La democracia no sobrevive donde el escándalo se juzga por colores, y no por hechos. La ciudadanía, al margen de su preferencia política, merece líderes responsables, y merece también un relato que no exonere ni condene en función del dogma, sino del mérito o la falta de él.

Hay quienes prometen el cielo para justificar los medios, y otros que sólo ofrecen gestión. Lo paradójico es que al que promete milagros se le perdona todo, y al que simplemente actúa, se le exige perfección. Y así, en la era del relato, la verdad ya no necesita ser cierta: solo necesita ser creíble para los suyos.

Referencias

Haidt, Jonathan (2012). The Righteous Mind: Why Good People Are Divided by Politics and Religion. Vintage Books. Graham, J., Nosek, B., & Haidt, J. (2009). Liberals and Conservatives Rely on Different Sets of Moral Foundations. Journal of Personality and Social Psychology, 96(5), 1029–1046. Feinberg, M., & Willer, R. (2013). The Moral Roots of Environmental Attitudes. Psychological Science, 24(1), 56–62. Patterson, Thomas E. (1993). Out of Order. Vintage Books.

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