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Anatomía de una derrota

Hay un género literario menor pero persistente: el elogio del fracaso. Lo escriben empresarios retirados, conferenciantes y, ocasionalmente, escritoras de prestigio. Su tesis es siempre la misma: el fracaso enseña, depura, fortalece. Sin él no hay éxito.

Es cierto. Y es insuficiente.

Porque ese discurso se construye desde el balcón. Desde quien ya ganó y mira hacia atrás. Visto así, hasta las derrotas tienen una luz cálida. El problema es que la mayoría de quienes fracasan no escriben sobre ello. No porque no sepan. Porque ya no están en el juego.

En la abogacía esa trampa se ve mejor que en ningún otro oficio.

El fracaso no es opcional. Tampoco es democrático.

Un abogado que no pierde, no litiga. Y un abogado que no litiga no es abogado: es gestor.

Hasta ahí, la versión cómoda.

La versión real es otra: no todos los fracasos pesan igual. Para el abogado con cartera y treinta años de oficio, perder es información. Para el junior que apenas ha facturado, perder es duda. Para el cliente que hipotecó su patrimonio confiando en un criterio, perder es ruina.

El discurso del «fracaso pedagógico» funciona en la cabeza del que ya facturó. No en la del que paga la factura.

El cliente no firmó para ser laboratorio.

Esto se omite siempre: cada derrota tiene una víctima externa. Alguien que no eligió aprender contigo. Que no quería que afinaras tu estrategia con su patrimonio.

Hay una asimetría ética en el oficio que pocos nombran: el abogado aprende perdiendo, pero quien paga la lección no es él. La frase «el fracaso enseña» debe matizarse. Enseña al abogado. Cuesta al cliente. Y esa diferencia, que parece menor, es donde se decide si uno ejerce con responsabilidad o con narrativa.

El fracaso casi nunca se analiza.

Toda esta literatura presupone un abogado reflexivo. Que disecciona la derrota, identifica el error, ajusta el criterio. Ese abogado es minoría real, no estándar gremial.

La mayoría procesa la derrota en tres pasos: justifica ante el cliente, culpa al juez, sigue. Por eso muchos acumulan años, no experiencia. Repiten el error con más confianza cada vez.

El mercado no escucha tus motivos.

La reputación no se construye con razones, se construye con resultados. Pierdas con razón o sin ella, el mercado registra la sentencia. No la justificación.

Esto convierte la derrota en doblemente injusta cuando es ajena al abogado: cuando perdiste por carga probatoria, por arbitrariedad interpretativa, por timing procesal. El sistema no garantiza justicia. Garantiza procedimiento. Y eso lo paga el abogado en su prestigio antes de que lo pague nadie más.

La verdadera tentación no es rendirse. Es ablandarse.

Esta es la parte que nadie escribe.

El abogado castigado por demasiadas derrotas rara vez abandona. Se repliega. Empieza a evitar casos complejos. Deja de plantear estrategias arriesgadas. Firma allanamientos donde antes habría peleado. Concilia tibiamente lo que antes habría defendido sin matices.

Sigue ejerciendo. Pero ya no juega.

Ese es el verdadero fracaso del oficio. No el que se cuenta. El que se padece en silencio.

El criterio se forja en la disección, no en la cicatriz.

Una sentencia adversa no es el final del caso. Es información sobre el caso siguiente. Pero solo si se disecciona.

No es lo mismo perder por mala estrategia que perder por prueba insuficiente. No es lo mismo perder por error procesal que perder por criterio judicial impredecible. Cada una de esas derrotas exige una respuesta distinta. Si no haces el diagnóstico, no acumulas experiencia. Acumulas cicatrices.

Cinco verdades sin envolver

El fracaso no entrena al abogado. Lo desnuda.

La derrota enseña al que la disecciona. Al resto, lo endurece sin afinarlo.

Una sentencia en contra no te define. Te audita.

El error jurídico no es perder un caso. Es no entender por qué lo perdiste.

El abogado que no ha fracasado lo suficiente aún no es peligroso. El que fracasó mucho y no analizó nada, ya lo es. Pero solo para sus clientes.

Cierre

El verdadero diferencial no está en resistir el fracaso. Está en distinguir qué fracaso te corresponde y cuál no.

Asumir como propias derrotas que no lo son es el atajo más rápido a la mediocridad. No asumir las propias, el más rápido al autoengaño.

El abogado serio no se mide por cuántas veces perdió. Se mide por cuántas veces supo, exactamente, por qué.

Sobre el autor
Jesús Sánchez-Reolid García es español y jurista dominicano radicado en la República Dominicana. Presidente de DÓMINE ABOGADOS & ASESORES, especialista en derecho tributario internacional, derecho administrativo y Master en arbitraje comercial internacional.

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